A través de la ventana

Desde la ventana observo la ciudad a mis pies, menos coches, menos gente, algunos comercios cerraron. ¡Qué pena! El colmado de la esquina en el que hemos comprado generación tras generación ha tenido que cerrar, que recuerdos. Una cierta angustia, rabia, no sé…quizás tristeza revolotea dentro de mí. Las cosas cambiaron de la noche a la mañana con el primer anuncio de que teníamos que quedarnos en casa. No me dio tiempo a reaccionar. Mi primera sensación fue entre pánico e incredulidad. Pero lo superamos, pasamos la cuarentena y con ella las diferentes fases. Pero yo me quedé aquí mirando desde la ventana, encerrado en mi piso de una ciudad cualquiera. A veces pienso que debería salir. Echo de menos caminar, pasear por la gran ciudad, reunirme con mis amigos en la terraza de siempre, charlar, abrazarlos, reírme. Intenté salir. Me compré por internet un “Kit de Supervivencia”, no sé cuanto tiempo tardé en ponerme toda aquella parafernalia. Sudado y cansado pensé “bueno…ya ha llegado el momento de salir”. Parapetado en la puerta empecé a notar un fuerte dolor en el pecho, pensé sería la mascarilla FFP2 (no hay quien respire con esto) pero sumemos la pantalla, las gafas, los guantes, el traje, los zapatos especiales. Me dije a mi mismo, sal y ya está, ¿qué te pasa?, lo has hecho durante toda tu vida y ahora te quedas aquí plantado. Mi mano insegura, temblorosa y débil, se aferró al pomo para girarlo. Abrí la puerta y…blanco. Sólo veía una niebla blanca, me froté los ojos, no sabía si me estaba quedando ciego, empecé a notar que cada vez me faltaba más el aire, y encima no veía nada, sentía que me iba a caer, que me mareaba. Me apoyé allá donde pude y sentí caer el retrato de mi infancia colgado en la pared. Me arranqué de cuajo la pantalla, la mascarilla, las gafas, el traje que me cubría la cabeza. Me senté en el suelo y al recuperar el aliento, me vi reflejado en el espejo del recibidor. El mismo espejo donde me había visto cada mañana con la camisa planchada para salir a trabajar. Y ahora, el reflejo de un espectro, un ser atemorizado y encogido. Eché a llorar. Esto duele, duele mucho. Me abracé, me apreté, sollocé y me desconsolé. Joder, qué me está pasando?. Así que ahora vuelvo, vuelvo a mi ventana, donde veo pasar los coches, la gente con mascarilla y los locales cerrados. Y aquí, día tras día pasan las semanas, los meses. Pero sabes?, a pesar de todo, aquí me siento seguro.

Sergio era un comercial, trabajaba todo el día yendo de empresa en empresa vendiendo centralitas, y la verdad, no le iba nada mal. Siempre había sido un poco hipocondríaco, muy ordenado y meticuloso pero esto había sobrepasado su capacidad de manejar el miedo. Miedo a contaminarse, miedo a infectarse, a morir, a infectar a su familia, a la muerte. Ese miedo se convirtió en miedo al miedo, miedo a volver a pasar miedo por abrir la puerta, a tener un ataque de pánico, a tener un ataque al corazón y quien sabe, a ahogarse si no podía respirar. La calma la encontró quedándose en casa, en su hogar a salvo de todo.

Vivimos un momento que todos tenemos miedo, miedo a contagiarnos, miedo a contagiar a nuestros seres queridos. Si ves que este miedo es tan fuerte que te paraliza, busca ayuda. Hay maneras de apaciguar las llamas del miedo.

A traves de la ventana