Como en un día normal, me levanto de la cama y me dirijo al trabajo. El mismo camino de siempre, las mismas caras en el tren, el portero que saludo con un afable buenos días, el mismo olor del ascensor como a edificio viejo, la misma puerta de madera que al abrir me hospeda en mi pequeña oficina de hace no sé ya cuántos años. Sentado en mi escritorio con el café con leche del bar de la esquina, con azúcar y doble de café, enciendo mi portátil a la espera de 500 mails no contestados que un por uno intentaré ojear lo más rápido posible. Como cada mañana, como cada día, como tantos días en los últimos años. Suena la puerta con un débil e intangible repicar, apenas levanto la vista de la pantalla observo el rostro desfigurado de mi compañero, sus ojos oscuros se volvieron más bien rojizos, con la mandíbula apretada y sin mirarme a la cara, me dice que me llaman en la reunión del martes. Vaya!, creo que en todos estos años sólo me han convocado una vez para formar parte de una reunión, y fue por un mal entendido con un cliente. Antes de entrar miro a mi compañero con cara de duda, alzando los hombros hacia las orejas como buscando una respuesta o al menos una pista de lo que me voy a encontrar al otro lado. Pero sigue sin mirarme. Así que con una amplia sonrisa me dispongo a abrir la puerta y dar los buenos días a la dirección que encorsetados en sus trajes me miran seriamente. Me quedo paralizado en la puerta, la verdad es que no sé qué hacer ni que hago allí realmente. Siéntese, por favor, señor Gutiérrez…. el resto, créanme cuando les digo que no lo recuerdo con mucha claridad, mirada al frente, perdida, como un jarro de agua fría las palabras de la dirección cayeron sobre mis hombros, sobre mi alma, sin palabras, sin aliento, me levanté de la silla como quien camina sin rumbo, un puto zombi. Me acababan de rebatar la vida. Dirigiéndome a mi oficina, sentado mirando al frente, sólo hacía que ver un compañero tras otro, dándome palmadas en la espalda y gimoteando no sé qué palabras, sus caras, sus movimientos, sus miradas, no hacían más que estorbar mi intención de poner en orden mis pensamientos, de asimilar lo que acababa de pasar. Diez minutos después, estaba en la calle dirigiéndome al banco del parque dónde he almorzado día tras día, mes tras mes, años. Con una caja de cartón en mis manos, veo las palomas acercarse buscando algo que comer y yo me pregunto, ¿y ahora qué voy hacer?.
Apenas uno piensa en el día que van a despedirle, a no ser que lo hayas hecho muy muy mal, tengas un jefe insoportable y seas consciente de ello, en el fondo, nunca nadie piensa en un despido. Y si lo piensas, siempre hay la esperanza de que por algo, ya sea por tu currículo, por tus años en la empresa, por tu vocación, porque caes bien, etc., eso no va a pasar. Y el día que sucede, entre odio, rabia y tristeza, intentas hacer un resumen de todas las horas extras que has hecho, todos los favores que realizaste a tus compañeros, la sonrisa forzada a tus jefes tragándote el orgullo por el sueldo de miseria por el que realizas tu buen trabajo, porque nunca has faltado al trabajo excepto el día que tuviste un accidente y te pusieron un collarín. Por todo eso y por mucho más, nunca piensas que te van a despedir. Y por muchas palabras de gratitud, por todo el tiempo que has estado en la empresa, por mucho consuelo que te quieran dar diciendo que eres bueno y que vas a encontrar una oportunidad mejor, que es una nueva etapa en la que vas a descubrir nuevos horizontes, que te estabas estancando y que es una oportunidad de la vida para movilizarte. A pesar de todo esto, te sientes hundido maltratado, desvalorizado, culpable, rabioso. ¿Cuántos días, semanas y meses vas a necesitar para digerir la noticia?, ¿cuántos días para asimilar tu nuevo día, las dudas que te asaltan, por no saber si vas a encontrar otro trabajo?. Llevas tanto tiempo en la misma empresa que no tienes ni fuerzas para imaginarte en otro lugar con otro jefe, con otros compañeros, y reaprender y buscarte de nuevo un lugar. La tristeza, la incertidumbre, la espera, el sentimiento de abandono te acompañarán por un tiempo. Pero quedarte sentado no va ayudarte y aunque la espera desespera, fórmate, prepárate, promociónate, contacta con gente y plantéate nuevos proyectos. Puede que el tiempo pase lento y tengas que recibir muchos “descartado” pero todo llega a su tiempo, no desestimes. Llévalo con la mejor dignidad que puedas, realmente es un jarro de agua fría que no esperabas.
