La palabra soledad viene del latín, solĭtas- atis, y refiere a la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Y así es, la soledad muestra dos caras totalmente antagónicas, por un lado, el deseo de retirarse de todo contacto social, o bien, la desconexión social forzada.
La soledad voluntaria es la condición en la cual la persona a través del recogimiento busca el autoconocimiento, meditar, crear y llegar al estado de revelación. Son periodos de preparación que acontecen en el aislamiento. Si bien estos retiros son voluntarios y emocionalmente positivos, la soledad presenta un lado oscuro y decadente cuando no es voluntaria.
En la antigua Grecia uno de los castigos dirigidos a las personas consideradas dañinas para la sociedad, era el ostraicismo, el destierro político, en el cual se privaba a la persona de cualquier responsabilidad política o social.
El destierro nos priva del contacto social, algo que todos los seres humanos necesitamos. Y la consecuencia de este rechazo es el dolor físico y mental. Nos enfermamos. Curiosamente, el hecho de ser rechazados conlleva una reacción aún más negativa, la búsqueda de la soledad. La exclusión del grupo genera en las personas conductas antisociales, de forma que si en la infancia no se han forjado vínculos afectivos saludables con la familia y/o los pares, y se han vivido situaciones de rechazo, en la edad adulta, es fácil recurrir a la evitación social para no sentir el dolor emocional que evoca el desprecio.
A sí mismo, a parte de lo nombrado, la soledad se puede abordar desde diferentes circunstancias, desde la persona que tiene miedo a la soledad e hipersocializa, la persona que aun teniendo vínculos afectivos estables se siente sola, la persona que carece de red social (muertes, emigración, etc.), y la soledad que es parte integrante de un trastorno.
Hay trastornos que empujan al aislamiento social haciendo de esta un problema más severo. Es decir, el retiro social provoca una falsa sensación de alivio ante el dolor. El tormento que siente el individuo hace que este se aparte de sus semejantes para no sentirse lastimado, pero a la larga, esta solución aparentemente funcional, mantiene y empeora el estado psicológico de la persona.
Los trastornos mentales que empujan a las personas al aislamiento social son: la depresión, las manías persecutorias, la fobia social, el trastorno obsesivo-compulsivo, la anorexia, la impotencia sexual o el trastorno de personalidad paranoico.
En cuanto la soledad sentida en compañía de otros, se caracteriza en personas con problemas relacionales: hipersocialización, hipocondría, el trastorno histriónico narcisista, la histeria o en trastornos alimentarios.
En cambio, las personas que presentan un miedo irrefrenable a estar solas se caracterizan por sufrir ataques de pánico, trastornos obsesivos compulsivos, trastorno de la personalidad dependiente, bien pueden mantenerse en relaciones tóxicas, o bien sentir crisis por abandono.
Desde la terapia breve se utilizan diferentes técnicas dependiendo del tipo de soledad que se padece, que como bien se observa, presenta diversos matices dependiendo de la persona y sus circunstancias.
