Sentada en mi butaca sintiendo un día más la tristeza que me invade, sin poder pensar, con la cabeza demasiado obtusa para tomar decisiones, con el ánimo tan bajo que no tengo energía para mover un dedo, me quedaría aquí sentada con esta angustia que invade mi pecho, que me aprieta el estómago, esta sensación de querer dormir pero que a la vez no me deja descansar. Quisiera quedarme aquí sentada, hoy, mañana y pasado. Pero dentro de mi hay algo que me dice que tengo que arrancar, tengo que seguir, tengo que salir, tengo que hacer cosas, tengo, tengo , tengo… aquí sentada observo estos pensamientos que me aturullan en la mente y me doy cuenta de que no puedo, de que no tengo ganas, de que no quiero, quiero quedarme aquí acurrucada, quiero dejar pasar este tiempo, como si no tuviera nada más que hacer, nada más que dar. Simplemente estar aquí. Olvidar que tengo una vida de la que hacerme cargo. Descansar, dejarme ir.
Susana llevaba tiempo luchando, tiempo dándolo todo, estaba cansada de tener que estar bien, cansada de hacerse la fuerte, ya no le quedaban fuerzas y todos le decían que se levantara que era una luchadora y que todo pasaría. Pero ella decidió sentarse en su butaca, cerrar los ojos y descansar, pretender a no pretender que era fuerte. Se cansó de luchar, necesitaba un descanso para llorar, para sentir, para dejarse ir.
Cuando la tristeza te invade, la soledad, las ganas de dejarlo todo atrás, se muestra agotador pretender estar bien, luchar y hacer ver que todo está bien. Porque esto te hace recordar lo mal que estás y que no tienes energía para estar tan bien como se supone que has de estar. En ocasiones, va bien sentarte en tu butaca y simplemente no pretender nada, estás mal, y estás mal. Que alivio da permitirse llorar. Y luego, ya capearas los días, el trabajo, la familia, las obligaciones. Permítete sentarte sin más.
